Enamórate cada día

¿Cansado? No me extraña.

¿Ganas de vacaciones? Normal, ya son fechas.

Te has planteado ya este año no ponerte enfermo los primeros días de tus vacaciones ¿verdad? A ver si esta vez lo consigues. Seguro que sí. ¡Venga! ¡Tú puedes!

Lo que no sé, es si te has planteado por qué te pasa eso. Por qué llegas fundido a estas alturas.

Tranquilos, no voy a utilizar lo del amigo Küppers, de personas que andan fundidas por la vida. Bastante tiene cada uno con lo suyo, como para permitirme el lujo de decirle a nadie que va fundido. Yo no, yo esas cosas no me atrevo a decirlas.

Te voy a contar una historia. Es corta y con moraleja, claro, si no, vaya historia.

Cuando era joven (más), solía salir en bicicleta, varias horas, muchos kilómetros. Unas palizas tremendas y me sentía contento. Más tarde, al llegar a casa, tenía que sacar la basura. Vivía en un primer piso, 18 escalones, y a veces usaba el ascensor y siempre lo hacía de mala gana, con mala cara y protestando.

Fin de la historia.

Moraleja: Sarna con gusto no pica. Así, sin más. Fácil. Breve. Conciso.

Y es que yo creo que eso es lo que nos pasa y que por eso vamos fundidos. Porque hay cosas que nos enchufan, que nos emocionan, que nos hacen pasarlo bien, mientras que por el contrario, hay otras que nos desenchufan. Cosas como estas que nos dicen de que debemos separar nuestra vida laboral de nuestra vida personal y todo eso del sudor de nuestra frente de la que hablé el otro día. Y yo, me pongo a buscar donde está la arista, donde tengo la cara laboral y la cara personal y no la encuentro. Debe ser cosas de curvys, que no tenemos aristas.

Incluso algunos nos dicen que no debemos involucrarnos emocionalmente en nuestros trabajos. Que trabajo, es trabajo. Que además, no creemos relaciones demasiado estrechas ni con compañeros, ni con socios, menos aún con jefes y con clientes, solo lo justo, que luego se aprovechan. Y que en el trabajo no estamos para divertirnos, que estamos para trabajar y para hacer cosas serias.

No me extraña que estés deseando irte de vacaciones. Ni que tengas la espalda como la tienes. Ni siquiera que te estés quedando calvo (li diu el mort al degollat…). Hemos hecho tanto caso a lo que nos han dicho, que venir a trabajar es como ir a las montañas de Mordor cada día. ¡Qué agotador! Menudo infierno.

Y fíjate tú, que a mi me ha ido bien justo cuando he hecho lo contrario. Cuando mis vínculos han sido más estrechos con las personas de mi entorno. Cuando me han comprendido, cuando les he comprendido. Cuando les he mirado a los ojos como personas y no como compañeros, ni como clientes. Cuando mis lazos emocionales con ellos han sido más potentes ha sido, cuando he conseguido mejores resultados. Eso que dicen Mayer y Salovey, de percibir, comprender y regular nuestras emociones (y las de los demás, no lo olvides), para poder obtener mejores resultados. Vamos, lo de la inteligencia emocional.

Y sí. He dicho cuando me he enamorado. Has leído bien. Deberíamos enamorarnos más a menudo y de más cosas y de más personas. Enamorarse, involucrarse con el otro, dar, recibir, equilibrar la balanza, aceptar, sorprender, gustar, sí.. todo eso. Amar.

En definitiva, cuando me he enamorado de mi trabajo, de mi entorno, de mis compañeros, de mis clientes, cuando he puesto emoción en lo que hacía, ha sido cuando he podido desarrollar más mi creatividad, mis facultades, y además, cuando más me he divertido. Y a veces he obtenido buenos resultados, otras… no tanto, pero al menos, el camino ha merecido la pena.

Pruébalo y enamórate. Enamórate cada día. A ver qué pasa.

Ya me cuentas.

 

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